CAÍN BALAAM Y CORÉ

CAÍN, BALAAM Y CORÉ

¡Ay de ellos! Porque han seguido el camino de Caín, y por lucro se lanzaron al error de Balaam, y perecieron en la rebelión de Coré. Judas 11

¡AY DE ELLOS!

Judas comienza su segundo grupo de tres ejemplos bíblicos pronunciando un ¡ay! al estilo de los profetas del Antiguo Testamento y del propio Señor Jesucristo.

Los ayes bíblicos suelen estar a medio camino entre la reprensión (o la maldición) y la exclamación de lástima, esta última a causa de la perspectiva escatológica que suele acompañarlos:

¡Ay de ellos porque están a punto de caer bajo el juicio de Dios! Según esta perspectiva profética, es como si los apóstatas ya hubieran sufrido el juicio eterno: ya perecieron, como dice la última frase del versículo. La visión profética es tan segura que, aun estando los falsos maestros todavía vivos y activos, Judas puede emplear un tiempo pretérito para referirse a su eventual destrucción. Desde la perspectiva eterna de Dios, el juicio ya está cumplido, el veredicto contra ellos ya ha sido pronunciado y su sentencia está sellada. Perecieron. Y, contemplando su suerte, Judas no puede por menos que suspirar:

¡Ay de ellos!
Los ayes, por lo tanto, se utilizan como oráculos de condena, acusan de pecado a los implicados y dan por sentado el juicio venidero. Pero, además, sirven para advertir a los oyentes en cuanto a la desgracia que les acarreará también a ellos el dejarse arrastrar por los rebeldes.

Los tres ejemplos van in crescendo.

  • El texto nos habla del camino de Caín—,una palabra «neutral», pues un camino puede ser bueno o malo—,
  • Del error de Balaam —algo explícitamente malo— y…
  • De la rebelión de Coré.

Igualmente, hay una gravedad ascendente en los tres verbos empleados:

  • Siguieron—,un verbo relativamente inocuo—,
  • Se lanzaron (literalmente, se derramaron)—,verbo que indica una persistencia deliberada en el mal camino— y…
  • Perecieron.

Sin embargo, es probable que Judas no quiera decir que cada caso sea peor que el anterior, sino que emplea el aumento del tono a efectos de énfasis espiritual. No está haciendo comparaciones entre los tres ejemplos. Se trata más bien de unas ilustraciones bíblicas que arrojan luz, todas ellas, sobre el comportamiento de los falsos maestros y apuntan hacia el inevitable castigo divino.

Lo que este segundo grupo de ejemplos tiene en común es la denuncia de la falsa religión. Hasta aquí, Judas ha concentrado nuestra atención en la vida inmoral y las malas actitudes de sus adversarios. Ahora los contempla como enseñadores de ideas erróneas que arrastran hacia la perdición a sus seguidores.

CAÍN

El primer ejemplo, el de Caín, es bien conocido. Éste ofreció un sacrificio que no fue del agrado de Dios y se molestó enormemente cuando Dios no lo aceptó, mayormente porque sí aceptó el de su hermano Abel. Al ver su reacción, Dios intervino para advertirle del peligro de acariciar su enojo, pero Caín hizo caso omiso. Al contrario, a su enojo se unió un fuerte sentimiento de envidia y amargura hacia su hermano, sentimiento que le condujo finalmente a asesinarlo (Génesis 4:1–8). Caín es conocido en las Escrituras como el primer homicida:

Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros; no como Caín que era del maligno, y mató a su hermano (1 Juan 3:11–12).

¿Es el homicidio el pecado contemplado por Judas al hablar del camino de Caín? Algunos piensan que sí. Dicen que los falsos maestros, como Caín, carecían de amor y se llenaban de odio hacia los hermanos fieles. Tenían pensamientos homicidas. Se caracterizaban por aquella clase de envidia que le condujo a Caín al asesinato. Otros comentaristas puntualizan que aquel que hace que sus hermanos se desvíen de la verdad del evangelio hacia caminos heterodoxos, comete un asesinato peor que Caín; porque éste sólo mató el cuerpo de Abel, mas aquél comete un asesinato espiritual. Otros piensan que, detrás de esta frase, debemos suponer que los apóstatas denunciaban a los creyentes fieles ante las autoridades civiles, provocando así su persecución.
Pero, aunque todas estas interpretaciones podrían ser ciertas, no dejan de ser especulaciones de los comentaristas. Judas no las expone explícitamente, como tampoco acusa de odio y de envidia a los falsos maestros en el resto de la Epístola. Puede ser, pues, que los tiros no vayan por ahí. El camino de Caín no es el camino del homicidio solamente, sino de otra cosa también.
Más acertada me parece la idea de que es la impiedad de Caín lo que Judas tiene en mente. Desde luego, a los falsos maestros Judas los acusará de impiedad (ver especialmente el versículo 15) y sabemos que los rabinos tildaban a Caín de impío. Claramente, Caín no hizo caso de la advertencia de Dios (Génesis 4:6–7), sino que siguió en su propio camino de resentimiento, enojo, envidia y homicidio. En esto despreció la revelación divina. Al final de su historia, por lo tanto, vemos a un hombre que ha salido de la presencia de Dios (4:16) y que en lo sucesivo vive lejos de Dios.
Pero, aun con eso, creo que no hemos agotado el significado del camino de Caín. Podemos matizar más aún. ¿Por qué rehusó Dios su ofrenda? Los autores del Nuevo Testamento entienden que fue porque Abel ofreció a Dios un mejor sacrificio que Caín (Hebreos 11:4); es decir, el sacrificio de Caín consistió en una ofrenda vegetal (frutos de la tierra) en vez de la ofrenda animal exigida por Dios. Desde luego, ésta es una inferencia hecha a posteriori. No sabemos en qué momento Dios empezó a dar instrucciones acerca de los sacrificios. Muchos piensan que la matanza de animales implícita en Génesis 3:21 —y el Señor Dios hizo vestiduras de piel para Adán y su mujer— representa la institución divina del sistema de sacrificios sustitutivos. Desde luego, cuando Caín y Abel ofrecieron sacrificios a Dios, tenían que tener un mínimo de comprensión acerca de lo que Dios quería; si no, ¿a qué viene la sola idea de ofrecer sacrificios? Parecen haber seguido modelos ya establecidos —o, mejor dicho, Abel los siguió, mientras Caín se desvió de ellos—, por lo cual podemos suponer que Dios ya había explicado cómo habían de ser los sacrificios aceptables. Sabemos que, tras la concesión de la Ley del Sinai, la ofrenda de frutos de la tierra era admisible (y prescriptiva) como ofrenda de acción de gracias, pero nunca como sacrificio para la expiación de pecados. Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados, por lo cual el hombre pecador no puede acercarse a Dios ni agradarle si no es por medio del ofrecimiento de una víctima que muera en su lugar. Lo probable, en el caso de Caín y Abel, es que sus ofrendas respectivas tuvieran finalidades expiatorias —o sea, a través de ellas, los hermanos esperaban propiciar a Dios y así conseguir su favor—; sin embargo, es ley establecida desde los albores de la revelación divina que Dios no puede ser propiciado excepto a través de la muerte de una víctima sustitutiva. Un sacrificio sin sangre no es aceptable.
Por eso, la ofrenda de Caín no era admisible. Se podría discutir si él mismo lo sabía de antemano o si sólo se enteró de la voluntad divina cuando Dios le manifestó que su ofrenda no era aceptable. En cualquier caso, en lugar de reaccionar bien y ofrecer un sacrificio acorde con la voluntad de Dios, Caín respondió con rebeldía y con resentimiento, como si fuera una afrenta personal el que Dios hubiera rehusado su sacrificio.
Por lo tanto, el pecado de Caín que Judas tiene en mente es el de desviarse de las demandas explícitas de Dios en aras de seguir normas religiosas de invención humana. El primer asomo de la falsa religión empieza con Caín. Él intentó establecer sus propias condiciones para acercarse a Dios, como si la religión fuera un asunto en el que cada cual puede inventarse sus propias reglas. No quiso ajustarse a lo que Dios mismo pedía y, luego, se indignó cuando Dios no quiso aceptar su ofrenda. Ni siquiera quiso responder bien cuando Dios le mostró amabilidad e intentó razonar con él (Génesis 4:5–7).
Con corrección, pues, Judas ve en Caín al padre de todos los falsos maestros habidos y por haber. Si Adán y Eva fueron los primeros en desobedecer a Dios, Caín fue el primero en inventar una religión alternativa. La falsa doctrina se funda siempre en la noción de que el ser humano puede agradar a Dios en la carne, mediante obras hechas por iniciativa propia. Y esta noción aparece por primera vez en la historia humana con Caín, el progenitor de los falsos maestros.
Sin embargo, al proponer esta lectura, no tenemos por qué eliminar los otros aspectos del pecado de Caín. La falsa religión siempre aborrece a los hijos de Dios. Los que no se someten a las exigencias divinas suelen perseguir a los que las acatan. Los hijos espirituales de Caín —los que siguen su «camino», como lo hacían los falsos maestros denunciados por Judas— se oponen siempre a los seguidores de aquel que es el verdadero Camino (Juan 14:6;  Isaías 35:8–10). Al pecado de la incredulidad, se le une el del odio y el de la persecución.
Así pues, Judas está acusando a los falsos maestros de fomentar una enseñanza y práctica religiosas que se desvían de la revelación de Dios y los conduce a rechazar la autoridad del Señor Jesucristo, de su palabra y de sus apóstoles, y a oponerse a los que le siguen fieles.

 

BALAAM

La triste historia de Balaam es narrada con todo lujo de detalles en los capítulos 22 a 25 del libro de Números.
Si Caín fue el primer falso profeta de las Escrituras, Balaam fue el primer profeta que actuó como «mercenario» en la guerra espiritual. Él sabía muy bien quién era el Dios verdadero y comprendía que éste se proponía bendecir a Israel a pesar de la oposición de los moabitas; pero estuvo dispuesto a poner sus dones proféticos al servicio de Moab a cambio de una buena recompensa material (Números 22:7, 17). Incluso quiso hacerlo a pesar de la advertencia específica de Dios (22:9–12).
De hecho, en un primer momento, trasmitió fielmente lo que Dios le comunicaba. Cuando Balac rey de Moab, le pidió que maldijera a Israel, Balaam se negó, a pesar de la promesa de riquezas. En vez de maldecir a Israel y bendecir a Moab, bendijo a Israel y profetizó destrucción para los moabitas. Sin embargo, antes de marcharse a su propia tierra, dio consejo a los moabitas acerca de cómo podían atrapar a los israelitas: debían enviar a las mujeres jóvenes de Moab para seducir a los soldados de Israel y enseñarles a practicar la idolatría. Balaam comprendía que no podía hacer que Dios se alejara de Israel. Había que intentarlo al revés y lograr que Israel se alejara de Dios. El Señor no iba a permitir la maldición de Israel mientras éste le fuera fiel. Pero, ¿y si Israel apostataba? Entonces, se colocaría a sí mismo bajo la maldición divina. La estrategia que Balaam recomendaba, pues, era la de hacer que Israel saliera de la voluntad de Dios y practicara la prostitución ritual de las naciones vecinas. Convenía utilizar el apetito sexual como medio de seducción para hacer que los israelitas se entregaran a costumbres idolátricas:

He aquí, éstas (las mujeres de Moab) fueron la causa de que los hijos de Israel, por el consejo de Balaam, fueran infieles al Señor (Números 31:16).

Efectivamente, eso es lo que pasó:

Mientras Israel habitaba en Sitim, el pueblo comenzó a prostituirse con las hijas de Moab. Y éstas invitaron al pueblo a los sacrificios que hacían a sus dioses, y el pueblo comió y se postró ante sus dioses. Así Israel se unió a Baal de Peor, y se encendió la ira del Señor contra Israel (Números 25:1–3).

Aunque las Escrituras no lo dicen específicamente, podemos deducir —y así lo entendieron los rabinos— que Balaam actuó motivado por la recompensa material que Balac le había prometido.
Por lo tanto, las Escrituras nos enseñan que, además de ser un profeta heterodoxo, Balaam fue ejemplo de dos abominaciones practicadas también por los falsos maestros en tiempos de Judas: por una parte, estuvo dispuesto a poner sus dones espirituales al servicio de intereses materiales y actuar por motivaciones económicas; por otra, enseñó a sus seguidores a entregarse a aberraciones sexuales.  Judas menciona explícitamente la primera de ellas al decir que los falsos maestros por lucro se lanzaron al error de Balaam. Ésta es una acusación dirigida frecuentemente por los apóstoles a los apóstatas de sus días (1 Timoteo 6:5,  9–10; 2Timoteo 3:2; Tito 1:11; 2Pedro 2:3, 15; Judas 16). Como contrapartida, suelen decir que los líderes de la iglesia no deben ser motivados por el lucro (2Corintios 12:14–18;  1Timoteo 3:3; Tito 1:7; 1 Pedro 5:2). En cambio, Judas no hace mención explícita del fomento de la inmoralidad por parte de Balaam, pero este aspecto de su pecado está implícito en el contexto de la Epístola (vs. 4, 7, 8, 10).
Notemos de paso que, cuando Judas habla del error de Balaam, no quiere decir que el profeta haya cometido una equivocación por ignorancia, sino un engaño deliberado. Repetidamente, Dios le advirtió en cuanto a las implicaciones y las consecuencias de su actuación —¡incluso le habló por medio de su asna (Números 22:21–31)!— pero, a pesar de ello, persistió en su rebeldía. Fue un acto deliberado de desprecio de la voluntad expresa de Dios. Algo del carácter voluntario y consciente de su pecado se ve en el verbo que Judas emplea en cuanto a los falsos maestros: por lucro se lanzaron al error de Balaam. Se precipitan y gastan toda su energía en seguir las pisadas de este antepasado espiritual suyo. Su entrega es voluntaria y son culpables. Siguen el mal camino de buena gana, hasta con ansia.

 

CORÉ

El tercer ejemplo nos remite a la historia de la rebelión democratizante instigada por Coré, Datán, Abiram y doscientos cincuenta jefes de Israel (Números 16:1–35). Se negaban a aceptar el liderazgo de Moisés y Aarón:

¡Basta ya de vosotros! Porque toda la congregación, todos ellos son santos, y el Señor está en medio de ellos. ¿Por qué, entonces, os levantáis por encima de la asamblea del Señor? (v. 3).

Éstas son palabras que han marcado precedente a lo largo de la historia del pueblo de Dios. En casi cada generación, hay algunos que se levantan con palabras parecidas, supuestamente en defensa de los derechos de todos; pero, en realidad, lo que persiguen normalmente es su propio protagonismo y la destitución de los líderes nombrados por Dios. Los que vivimos en tiempos en los que respiramos «valores democráticos» haremos bien en descubrir la sutileza de la rebelión de Coré.
Su pecado consistió en rechazar la autoridad de Moisés y Aarón, líderes designados por el Señor, acusándolos de prepotencia y abuso de poder: ¿No es suficiente que nos hayas sacado de una tierra que mana leche y miel para que muramos en el desierto, sino que también quieras enseñorearte sobre nosotros? (v. 13).
Ante esto, Moisés protestó la inocencia de Aarón: En cuanto a Aarón, ¿quién es él para que murmuréis contra él? Esto de por sí demuestra su talla como líder; le preocupa más vindicar a su hermano que a sí mismo. En cuanto a su propia vindicación, no intenta justificarse ante los rebeldes, sino que lleva su causa ante Dios: No he tomado de ellos ni un solo asno, ni les he hecho daño a ninguno de ellos (vs. 11 y 15). La ironía del caso es que Moisés se caracterizaba no por su arrogancia, sino por su mansedumbre (Números 12:3) y era alguien que, lejos de aspirar al liderazgo, sólo lo asumió después de una larga discusión con el Señor (Éxodo 3:7–4:17). El más manso de los hombres, el líder recalcitrante, es acusado de tiranía y abuso de poder.
En realidad, había mucha razón en las premisas de los rebeldes: todo Israel era santo —o, al menos, debía serlo— y Dios estaba en medio de todos. Su error consistía en poner estas premisas al servicio de una supuesta filosofía igualitaria cuando Dios mismo había determinado colocar en medio del pueblo un liderazgo humano cuya autoridad debía ser respetada. Además, en el fondo, la rebelión servía para fomentar sus propias pretensiones de protagonismo, demagogia y preeminencia, pues deseaban para sí la dignidad sacerdotal. Ellos también eran de la tribu de Leví, pero no de la casa de Aarón. Por lo tanto, conforme a la voluntad de Dios, no podían ejercer el sacerdocio. Pero esto no les importaba. Atribuían la designación de la casa de Aarón a una maniobra siniestra de Moisés. Se consideraban a sí mismos tan buenos y competentes como Aarón y sus hijos y querían usurpar su dignidad. En el fondo, no buscaban la democracia, sino su propia exaltación.
De igual manera, el hecho de que, en la iglesia, todos tengan el mismo perdón de pecados y el mismo Espíritu, todos estén en el mismo camino de santidad, todos participen de la misma gran comisión y todos ejerzan dones para el bien de todos, no está reñido con los principios de autoridad humana, pastoreo, presidencia, gobierno y dirección que Dios ordena en su Palabra.
Alzándose contra Moisés y Aarón, Coré y sus seguidores se alzaban también contra el Señor. Como les dijo el mismo Moisés: Tú y toda tu compañía os habéis juntado contra el Señor (v. 11). Y más adelante, dice al pueblo: Si el Señor hace algo enteramente nuevo y la tierra abre su boca y los traga con todo lo que les pertenece, y descienden vivos al Seol, entonces sabréis que estos hombres han menospreciado al Señor (v. 30). Aparentemente, su rebeldía se dirigía contra la “tiranía” de Moisés; pero, en el fondo, era un atentado contra la administración de Dios.
Y esto mismo, por supuesto, era uno de los principales errores de los falsos maestros: rechazaban la autoridad (v. 8). Seguramente, su insubordinación tomaba la forma de una disidencia más o menos abierta con respecto a los líderes designados en las congregaciones; pero también consistía en un rechazo de la autoridad de nuestro único Soberano y Señor, Jesucristo (v. 4). Coré se rebeló contra Moisés; éstos contra uno mayor que Moisés. Coré se alzó contra un siervo de la casa de Dios; éstos contra el hijo de la casa (Hebreos 3:5–6).

En conclusión, conviene recordar la suerte sufrida por los protagonistas de estos tres ejemplos. Caín acabó sus días en la tierra de Nod, lejos de la presencia del Señor (Génesis 4:16). Balaam fue muerto por los israelitas en su guerra contra Madián (Números 31:8). Y, por supuesto, Coré, Datan, Abiram y sus familias fueron tragados por la tierra (Números 16:32–33). ¡Ay de ellos! Se alzan en la historia bíblica como tres ejemplos trágicos, hombres que pudiendo haber servido fielmente al Señor fueron descalificados y castigados a causa de la incredulidad que les llevó a prácticas religiosas fuera de la voluntad de Dios. Todos fueron hombres allegados a la comunidad de la fe, pero que, en el momento de la verdad, prefirieron seguir sus propios caminos alzándose como líderes alternativos, ya fuera por dinero o por razones de prestigio y autoridad, predicando otro evangelio y desviándose de las doctrinas de Dios.
Judas está tan seguro de que, tarde o temprano, los falsos maestros van a compartir una suerte parecida que —como ya hemos dicho— emplea un tiempo pretérito para describir, no solamente su error, sino también su castigo: perecieron en la rebelión de Coré. En palabras proféticas, señala el juicio divino como si ya hubiese tenido lugar.

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